En Alcalá un buen
día, cuando se había escapado de noche sin permiso y deambulaba por las calles,
escuchó cómo desde un balcón una bella dama que iba acompañada de un jovenzuelo
con pinta de ser su criado le llamaba queda y dulcemente.
Además había un cubo
que dejaban caer desde el balcón atado con unas poleas. No lo dudó ni un
instante y presuroso se subió al cubo y pidió que le izaran. El cubo empezó a
ascender hasta que llegó a una altura en la que estaba a mitad de camino entre
el suelo, demasiado alto para saltar, y el balcón, demasiado lejos para poder
subir. Entonces se dio cuenta que todo había sido una broma.
Se armó tal griterío que una ronda de la Santa
Hermandad terminó por acercarse al lugar a ver qué pasaba y en la oscuridad de
la noche gritaron el consabido: "¿Quién vive?". A lo que Quevedo,
atrapado, contestó con una frase que luego pasó a la historia y aún se usa hoy
en día como sinónimo de que las cosas no avanzan: "El señor Francisco de
Quevedo, que ni sube ni baja ni está quedo". Se dice cuando alguien, metido en un aprieto, no acierta a salir de él y causa malestar a quienes le rodean.
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