
La emperatriz vivía en un mundo irreal manejada por los enredos de sus políticos, donde no se enteraba de la misa la mitad ni de la realidad dura y cruel que la circundaba, como por ejemplo la horrenda miseria en la que vivían tras guerras y penalidades sus nuevos ciudadanos de Crimea.
Potemkin, deseoso de agradar a su protectora y sabiendo que estaba peor de la vista que Rompetechos, se encargó de organizar la ruta que seguiría en su visita a Crimea Catalina. Pero previamente mandó una legión de albañiles y carpinteros que construyeron a lo largo de toda la ruta imperial una serie de fachadas en las que dibujaron a ciudadanos felices y contentos que se asomaban a las ventanas saludando. Las fachadas así ocultaban las aldeas míseras que había detrás de las mismas donde la gente se moría de hambre y de frío, hacinados en sus míseras chozas realizadas con materiales de fortuna.
La emperatriz pasó con su carruaje y entre la distancia y lo corta que era de vista la pobre no se dio cuenta del engaño y cuando volvió a su palacio se llevó una grata impresión de lo felices que eran sus administrados. En cuanto el carruaje pasaba de vuelta los carpinteros del gobernador Potemkin quitaban las fachadas falsas y la miseria volvía a verse en su cara más cruda. Este episodio pasó a la historia con el nombre de "Las aldeas Potemkin". Como ven, a veces la realidad es más difícil de creer que la ficción que vemos a veces en las películas y hay que dejar claro que este es un episodio rigurosamente cierto.
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